La luz entra perezosa por la ventana, el viento aparta las cortinas delicadamente para alcanzar nuestros cuerpos relajados. A lo lejos suena el chirrido de algún coche pasado de velocidad que frena de improviso. Los dos lo oimos sin oirlo, tirados el uno junto al otro, separados por miles de kilómetros, en permanente contacto, acariciándonos los pies, enfrascados en nuestros respectivos viajes. Tú en Macondo, perdida en la ciudad de los espejos, siendo testigo de la magia, de la aventura, milagros, fantasía, tragedias y rebeldías para llegar al final de la estirpe condenada y yo perdido en una librería de viejo cerca de Cambridge, buceando entre jeroglíficos que por sí mismos se transforman en caracteres, luego en palabras, despues en frases y terminan siendo historias, cuentos... que compartimos, se cruzan, se entremezclan, intercambiamos y vuelven